No te asustes. No vengo a condenarte, ni a ti ni a tu uniforme invisible, ni a tus carpetas llenas de papeles, ni a tus comités de ética. Vengo a mirarte de frente, monstruo amable, funcionario puntual, criatura de horario fijo y conciencia limpia.
¿Te fijaste en el niño del vídeo? Está solo, ¿lo has notado? Ya ha hecho más de un centenar de vídeos y lo más humano que lo acompaña son unos perros… o el mar. Él siempre pide lo mismo: regresar con su madre. A cada tempo vuelve a abrir el teléfono y lanza su grito triste, su botella al mar.
Tal vez ni siquiera lo escuchas: ¿será que tienes valor? Tal vez crees que es otro ruido del mundo, una interferencia menor en la sinfonía de tu deber.
Quizá el verdadero monstruo no eres tú, tú nunca te manchas las manos; solo redactas informes, evaluas riesgos. A ti te enseñaron que proteger es obedecer, que amar es aplicar el protocolo correcto, que la ternura debe ser avaliada sobre algún escritorio. Al final está la Institución ¡qué cómodo! ¿cierto? Porque no puede ser una injusticia; ¿verdad? Todo ha sido debidamente analizado, catalogado y juzgado. Los menores, protegidos… Hay algunos casos tristes, como el de aquella niña, pero calma, ya se toman medidas… no volverá a suceder…
Te imagino en alguna oficina, firmando papeles con sentencias obvias, casi triviales, mientras afuera el sol se derrite sobre los techos de Barcelona. Te imagino con esa paz del que no duda. Pienso que debe ser lindo vivir así, con el alma planchada y los ojos limpios, sin esa rajadura que a algunos nos obliga a ver lo que no deberíamos.
Un día, si te atreves, mira al niño. Míralo sin pensar en el informe, sin las siglas, sin el lenguaje de las instituciones.
Solo míralo.
Tiene la voz un poco rota, aguantar el llanto provoca a veces ese efecto en la voz; dice la verdad, como solo los niños saben decirla: sin sospechar que puede ser inconveniente.
Dice: “quiero volver con mi madre”
¡Nada más!
Y todo queda dicho…
No te odio, monstruo. Quizá incluso te entiendo. También yo he obedecido alguna vez, también yo he dejado que el miedo me volviera razonable. Pero hay días —quizá este sea uno— en que uno tiene que escribir una carta como esta, una carta sin destinatario, una carta que flote en el aire y se pose sobre las mesas, los teclados, las conciencias, hasta que alguien levante la vista y se pregunte:
“¿Qué estamos haciendo?”
No quiero respuestas.
Solo quería recordarte que los monstruos también pueden llorar.
Y que cuando hay un niño para el cual la esperanza se resume en clamar por su madre detrás de una fría pantalla, no solo tú, sino el mundo entero, debería estar pidiendo perdón.
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